Con la proyección del FMI de apenas 1.2% de crecimiento para México en 2026, el escenario macroeconómico plantea un reto claro para las empresas: adaptarse a un entorno de bajo dinamismo sin sacrificar rentabilidad ni competitividad. El organismo internacional redujo cuatro décimas su estimación respecto a abril, citando la “incertidumbre” como el principal freno a la actividad económica.
En este contexto, los equipos directivos se enfrentan a decisiones críticas. Las empresas que han salido mejor libradas en ciclos de bajo crecimiento comparten varias características: mayor eficiencia operativa, diversificación de mercados, control estricto del flujo de caja y apuesta por la innovación incremental en lugar de grandes apuestas de capital.
El contraste con las previsiones del Gobierno Federal es notable. Hacienda estima un crecimiento de entre 1.8% y 2.8%, muy por encima del diagnóstico del FMI. Esta diferencia no es trivial: si el escenario del FMI se materializa, el PIB real será significativamente menor al que los planes de negocio y presupuestos gubernamentales tienen contemplado, lo que exigirá ajustes.
En términos sectoriales, los segmentos con mejores perspectivas a pesar del bajo crecimiento son los vinculados al nearshoring, la exportación a Estados Unidos bajo el T-MEC, los servicios digitales y tecnológicos, y el sector agroalimentario. Por el contrario, los sectores más expuestos al estancamiento son la construcción residencial, el comercio minorista y las empresas que dependen de la demanda interna.
México también queda por debajo del promedio regional: el FMI proyecta que Latinoamérica crecerá 2.4% en 2026, lo que refuerza la necesidad de que el sector privado y el público articulen una agenda de reformas que mejore la atractividad del país para la inversión productiva de mediano plazo.